Durante una noche de lluvioso hastío,
visité el cementerio de cuerpos sin dueños.
Vi allí a un hombre de semblante impío,
que sonreía con su pala y hablaba con sus sueños.
Lo vi cavar con entusiasmo y esmero
como cava el topo hacia la luz del día,
tenía en su rostro sudor, tristeza y desespero
pero continuo cavando con mucha energía.
Sus tonadas tristes se hicieron,
luego de cavar su propia tumba.
Mi juventud sepulto, dijo aquel limosnero
pero mi corazón anciano todavía retumba.
Les dejo en este agujero de mi juventud el perfume,
pero en mi corazón me llevo, la sabiduría de esa flor,
pues mientras mi soplo de vida se consume,
yo continuare luchando por alcanzar el amor.
Les dejo a ustedes que yacen bajo este suelo,
de mi vida, lo más bello y pulcro,
pues yo partiré buscando bajo el cielo,
a aquellos que quieran cavar mi sepulcro
