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Durante una noche de lluvioso hastío,
visité el cementerio de cuerpos sin dueños.
Vi allí a un hombre de semblante impío,
que sonreía con su pala y hablaba con sus sueños.

Lo vi cavar con entusiasmo y esmero
como cava el topo hacia la luz del día,
tenía en su rostro sudor, tristeza y desespero
pero continuo cavando con mucha energía.

Sus tonadas tristes se hicieron,
luego de cavar su propia tumba.

Mi juventud sepulto, dijo aquel limosnero
pero mi corazón anciano todavía retumba.

Les dejo en este agujero de mi juventud el perfume,
pero en mi corazón me llevo, la sabiduría de esa flor,
pues mientras mi soplo de vida se consume,
yo continuare luchando por alcanzar el amor.

Les dejo a ustedes que yacen bajo este suelo,
de mi vida, lo más bello y pulcro,
pues yo partiré buscando bajo el cielo,
a aquellos que quieran cavar mi sepulcro

Pareja

Más vale que os confiese de la mejor manera
lo que, quién sabe cómo, va a contaros cualquiera:

sabed que soy poeta, hijos míos, -un hombre
que nombra y que camina sin camino y sin nombre.

Yo soy lo que ha dejado el pirata en la playa,
nada en el horizonte, un punto en una raya;

yo soy lo que ha quedado del saqueo en la vida:
la puerta de la casa de la llave perdida.

Soy la hoja quemada que el incendio nos deja
y en la primera brisa danza un poco y se aleja;

soy la amargura anónima de las almas sin dueño
que vivieron de un canto, de un dolor y de un sueño.

Soy el amo del humo que se queda en la casa
diciendo adiós al fuego del batallón que pasa.

Soy el poeta, hijos, -casi nada en la vida:
lo que abrasa en la sed, lo que duele en la herida,

lo que quiere elevarse después de la matanza,
con un ala hacia el suelo y otra hacia la esperanza,

lo que muere en la guerra y expira en los despojos,
y un poco de esa gota que tiembla en vuestros ojos.

Andres Eloy Blanco

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